De vez en cuando a la vida la sorprende la muerte

I’M HERE | Capítulo 4

Eran las tres de la madrugada cuando el teléfono me despertó del primer sueño, y ya supe para qué lo hacía; pero nunca imaginé de por quien. Dos horas después me volvía a dormir. Cuando desperté al poco rato, estiré el brazo como todas las mañanas, para sentir a quien duerme a mi lado y entonces, recuperé la consciencia para saber que no había tenido un mal sueño. La pesadilla es real.

En este mundo tan material, puedo decir que le aporté cuanto pude; pero siendo poco o mucho según quien lo valore, sé que no es más de lo que él me aportó a mi: Sabiduría.

Cuando lo conocí y supo porqué andaba por su barrio, me recibió con la misma naturalidad con que trataba a todos y a todas las cosas. Era su filosofía.

Tenía un aspecto peculiar. Un porte desalineado, con cierto misticismo. Su ilusión de pequeño era ser piloto de aviación, pero nació sin visión en un ojo y eso frustró su sueño. La frustación no le abandonó nunca aunque supo disimularlo cuanto pudo. Era especial sin duda.

Tenía una mente brillante, pero no hizo casi nada de lo que era capaz para haber disfrutado de una vida menos aciaga. Dejó de estudiar por rebeldia. Rabia contenida que por unas normas estúpidas de aquel momento, le hicieron tomar una decisión que le perjudicó más que a nadie.

Siempre dije que hay guitarristas de fama que no tienen el talento que él tenía. Me embarga una profunda tristeza cuando en mi memoria resuenan los sonidos de la guitarra cuando la tocaba, y no soporto pensar en ello, aunque es peor no seguirle escuchando.

En un tiempo fuímos amigos, creo que bastante buenos amigos; pero por el tiempo, la distancia y el no saber afrontar algunas situaciones de forma diferente, eso se perdió.

Siempre tuve la certeza que volveríamos a reencontrarnos; que tendríamos la oportunidad de sentarnos a charlar y limar las asperezas. Pero ya no será posible. Esto no estaba en mis planes.

Era el hermano “del medio”. Apenas un año mayor que su hermana pequeña y dos menos que yo, hasta hoy, su cuñado.

Escribo con el teclado todo lo alejado que puedo. Por mi mejilla se deslizan grandes lagrimones y tengo los brazos empapados de mocos. No tengo ni idea donde está mi alma (si está) pero el dolor que siento en ella es muy grande y muy difícil de aguantar. De estar, será muy cerca del corazón, porque es ahí por donde más me duele.

Sé que en unos días (espero) esta pena se aliviará y que seguramente, tendré otras cosas para decir; pero quiero ver entonces qué sentía ahora, y cómo lo transmito.

Esta puta vida sigue y lamentablemente, nos sorprenderá con otras muertes; como sorprenderá a otros en algún momento con la mia.

Cuando te vuelva a ver “fatiga“,
otra vez irás un paso por delante de mi;
y tendrás que explicarme, como siempre,
cómo son las cosas ahí.

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4 comentarios

  1. Detrás de estas palabras hay mucho amor y sentimiento, hacia un cuñado, querido, no se si más, que a un hermano.

    1. Cuánta congoja, cuánto dolor.
      Cuánto anhelo que pase el tiempo
      y cicatrice esta herida

  2. Claro que duele, el dolor es tan natural como lo sucedido en sí. Duele menos cuando tu cabeza se prepara para verlos partir. Cuando te vas mentalizando de que la cuenta atrás ya ha empezado. Duele mil veces más cuando el adiós te sorprende y te golpea en toda la cara sin dejarte tiempo de poder decirles unas últimas palabras: perdón, te quiero, te echamos de menos, o lo que nos apetezca. Se nos forma una bola en el estómago que parece que vaya a explotarnos dentro. Yo creo que es impotencia y rabia por no haber podido decirles a tiempo “algo”, lo que sea. Pero la vida es así… A veces te los van desprendiendo poco a poco como un diente de leche cuando se afloja y al final se cae, otras veces nos los arrancan de cuajo como a las muelas de juicio, lo peor es que no hay anestesia que nos alivie ese dolor. Sólo el tiempo cura, pero deja una gran cicatriz. Lo peor de todo es que nunca estamos preparados para vivir lo que naturalmente ya sabemos desde que somos pequeños que tarde o temprano sucederá. Los adioses siempre duelen, sean como sean y aunque lleguen poco a poco o de sopetón. Y hemos de seguir adelante hasta que seamos nosotros mismos los que digamos adiós y hagamos llorar a los nuestros y sean ellos los que tengan que seguir adelante sin nosotros.

    1. Por eso, no podemos ir por la vida de puntillas.

      Esquivando charcos sin secarlos, dejándole monedas al ratoncito Perez sólo cuando se nos caen esos dientes, o aborrecer al dentista cuando te produce dolor…

      Ni permitir que el tiempo oxide tus sentimientos, ni que la distancia sea obstáculo para no ver más allá…

      Y son estas lecciones que la vida, implacable ella, nos da, las que nos forma; pero no podemos evitar las abolladuras que provoca.

      Porque los seres humanos somos frágiles; vulnerables e imperfectos, algunos en exceso, y nos pasa como dijo Serrat:

      De vez en cuando la vida
      nos gasta una broma
      y nos despertamos
      sin saber qué pasa,
      chupando un palo sentados
      sobre una calabaza.

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