De vez en cuando la vida afina con su pincel

se nos eriza la piel
y faltan palabras
para nombrar lo que ofrece
a los que saben usarla.

La estrofa que Serrat cantaba en su canción, describe perfectamente el instante que ayer “me brindó la vida”, reunido con unas cuantas personas, la mayoría bien podría ser hijo mío (de hecho una lo es en realidad… y otra que es sobrina, también “encaja” en la metáfora descriptiva…) para dejar una instantánea indeleble.

Una barbarbacoa extra ordinaria
Dimos cuenta de unas sabrosísimas entrañas, unos chorizos criollos y unos pinchitos morunos, que aquí, tanto mezclamos ingredientes como integrantes comensales. Y unos boniatos asados que me quedaron de muerte, aunque no estuvieron junto con las castañas que llegaron después. Y es que eso de asar, servir y comer, es un problema logístico de difícil organización para mi adormecida neurona.

Esta reunión tenía un motivo concreto: homenajear la visita de un amigo que vino a visitarnos. Imaginaos la definición tópica de “el mundo es un pañuelo” o, “qué pequeño es el mundo”… Guillermo, así se llama el amigo, es un joven nacido en Suecia, de padres uruguayos, que trabaja en norteamérica, para una empresa danesa…

Nosotros fuimos una vez de vacaciones a Suecia, a visitar a unos parientes que conocía a esta familia y nos la presentaron en una cafetería donde nos reunimos en torno a unas pizzas. Por entonces Guille, era un pequeño que seguramente se preguntaba “¿y éstos quiénes són?”.

Hoy, el niño tiene la mirada al nivel de la mía (me refiero a altura física); es ingeniero, conoce medio mundo, habla varios idiomas y es en parte responsable de este día que se me antojó anotar en mi diario. Y pocos días anoto en el.

En el momento que escribo esto, me quedé solo en casa (si fuese Macaulay Culkin y esta una secuela, sería la Solo en casa 12… o más), mientras el resto se fue a jugar a padel (a cualquier cosa le dicen jugar, pero no quiero romper la ilusión de nadie…). No me quedaron fuerzas para acompañarles; mis rodillas se niegan a aguantar saltos y el esfuerzo que me exigió la jornada fue demasiado grande para más ejercicio.

Aún me duele el estómago por el exceso de comida y de risas. Esto último es lo que me hace decir que hoy, es uno de esos días que la vida afinó con su pincel (y es que ultimamente me pintaba con brocha gorda). La mayoría de anécdotas fueron de “los viejos zorros” y recordarlas es lo que causó tanta algarabía.

Como la vez que descubrimos a nuestra hija pequeña, tumbada en el suelo hablándole a unas cabezas de sardina que se le pusieron como comida a la gata: “¿Y tú quién eres? Qué ojos tan grandes tienes…” o la vez que sacamos a esa gata atrapada dentro de la lavadora, a mitad de la colada… o de cuando pintamos una pancarta para llevar a un torneo y al descolgarla nos encontramos la copia impresa en la pared… y nuestras hijas con la cara de sorpresa me decían “Mamá te va a matar cuando lo vea, a nosotras nos castiga si manchamos las paredes…”

Pero la juventud, aparte de su divino tesoro, también tiene anécdotas y no se quedan a la saga así que sí, hoy es uno de esos días que merece la pena destacarlos. Dejar un momento los acontecimientos rutinarios para tratarlos después y compartir estas sensaciones (aunque no les importe a nadie más que a mí y los que estuvieron presentes) porque la vida no acostrumbra a regalar muchos momentos de estos.

Como exclamaba exaltado Nº 5 “¡Vivo, estoy vivo!…

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Un comentario

  1. Como siempre muy acertados tus comentarios respecto al dia de ayer nos lo pasamos genial, dia inolvidable, lastima qu no vinistes al padel te hubieses reido mucho mas, Guille gracias por ser el motivo de tan lindo dia, esperemos poder repetirlo pronto

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