Cuanto más interesantes estamos menos interesados somos

Hoy en la calle he leído en la luneta de una furgo de mensajería un tratado de dicho: “No estás viejo, estás más interesante…” y, entre semáforos, stop, cedas el paso y algún peatón que “desconfirma” la regla, las neuronas me abrieron un foro de consulta…

Viejo no estaré pero “que tiempos aquellos” son un recuerdo vago y Far Far Away. El me parece que fue ayer se ha convertido en un tópico que aflora con demasiada frecuencia y duele más que las arrugas o la artrósis que los malditos huesos provocan por mucho calcio y vitamina D se tome.

A lo largo (y ancho también, que el espejo no siempre deforma) de nuestra aciaga vida, acumulamos experiencia (y un montón de cacharros que luego ni usamos ni sabemos desecharlos hasta que la parienta se decide…) y cuando más fuertes y resistentes deberíamos estar para aplicar lo aprendido, resulta que pasamos más tiempo respirando profundamente y aguantando el aire, que soltándonos la melena porque ni los pelos se aguantan en su sitio…

Por eso, ser más interesante me preocupa menos que perder interés. Preparse para unas olimpíadas y que el seleccionador te deje fuera tiene que ser muy doloroso, como entrenar como el mejor y ser siempre suplente, pero nada como la experiencia de enriquecer tu alma toda la vida y que el cuerpo termine cansado de tanta fortuna

Por suerte podemos encontrar pensamientos que activan nuestras neuronas adormecidas

y a éstas les da por presentar matices alternativos
aunque tal vez sea mejor no despertarlas para estas cosas

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